La FE y la Razón pueden ir de la mano

LA INESTIMABLE VENTURA DE CREER.

Réplica afectuosa a “Ateo, gracias a Dios”

La lectura del artículo de Álvaro Sierra “Ateo gracias a Dios” me ha dejado una sensación encontrada. Por una parte, agradezco esa visión respetuosa con nuestra tradición humanista cristiana, sin la que es difícil entender nuestra esencia, y a la que debemos la inmensa mayoría de los valores que mantienen viva nuestra civilización. Por otra, desde mi óptica de creyente y practicante, me sabe a poco. Mientras lo leía recordaba aquel reproche que todos hemos escuchado de boca de nuestras madres, mientras intentábamos colarle los restos a medio acabar de un plato que no era de nuestro agrado: “te dejas lo mejor”.

“Una mentalidad bastante extendida (…) supone haber llegado a una cierta madurez intelectual que le conduce inexorablemente al ateísmo o al agnosticismo. Como si la fe (…) fuese, más propia de la minoría de edad.”

Una mentalidad bastante extendida asume como propios los postulados del humanismo cristiano al tiempo que supone haber llegado a una cierta madurez intelectual que le conduce inexorablemente al ateísmo o al agnosticismo. Como si la fe que muchos profesamos fuese una mezcla de valores sociales aceptables con creencias individuales irracionales, más propias de la minoría de edad.

“(…) el enigma sobre el principio y el término de nuestra existencia. Y la respuesta a ese enigma es profunda, sólida y racional. No sólo, pero también es racional y razonable. Por eso exige una gran madurez, también intelectual.”

Nadie se ha creado a sí mismo, y nadie logrará mantenerse eternamente en la existencia. Lo más relevante del mensaje cristiano no es que facilite unas normas de convivencia civilizadas, que nos haya enseñado a respetar la dignidad de la persona de su principio a su fin, o a valorar la libertad del individuo (como el mismo Dios la respeta y la valora), sin renunciar a la pelea por un mundo más justo y la defensa del más débil. Lo más relevante es que nos resuelve –a mí, a cada uno- el enigma sobre el principio y el término de nuestra existencia. Y la respuesta a ese enigma es profunda, sólida y racional. No sólo, pero también es racional y razonable. Por eso exige una gran madurez, también intelectual.

En octubre de 1978, en la inauguración de su pontificado, Juan Pablo II se dirigía en estos términos al conjunto de la humanidad: “Vosotros todos, los que tenéis ya la inestimable ventura de creer; vosotros todos, los que todavía buscáis a Dios; y también vosotros, los que estáis atormentados por la duda”. Sigo pensando que todos estamos en alguno de los tres grupos.

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