TRASTORNOS OBSESIVOS COMPULSIVOS DE LOS PARTIDOS ARAGONESES

Una de las obras más exitosas en la cartelera teatral bonaerense, en la mítica avenida Corrientes, es la producción del dramaturgo francés Laurent Baffie titulada TOC TOC; en la que seis personajes con Trastornos Obsesivos Compulsivos se encuentran en la sala de espera de la consulta de un psiquiatra.

Hace tiempo que considero a la política aragonesa necesitada de psico-atención; pero resulta especialmente sorprendente la semejanza del histrionismo de los personajes de TOC TOC con las expresiones y conductas, enfermizamente repetidas, de los personajes de los partidos políticos aragoneses.

Así, en Podemos las palabras obsesivamente pronunciadas son los sustantivos casta y gente, y el adjetivo público; en el PP las obsesivamente esquivadas son corrupción y autocrítica, y no se puede reconocer la levedad de liderazgo durante la presidencia de Rudi. En el PSOE todo es arenga sobre algo federal entre todos y todas, y no se puede decir nada malo de la larga irrelevancia de Marcelino Iglesias. En el PAR la expresión trasvase es el bálsamo de fierabrás que sirve para tapar todas las miserias políticas de lustros de Bielismo; en CHA consideran el aragonesismo sólo suyo, que para eso tienen nombres descastellanizados; en IU insisten en su pureza que, de serlo, es irrelevante; y en Ciudadanos se obstinan en disimular su irrelevancia cargada de impurezas.

Como si fueran argumentos paralelos, los personajes teatrales se entretienen en una surrealista partida de monopoly, mientras que los personajes políticos también juegan con dinero que no es suyo (nada es suyo, diría que ni nuestro, porque casi todo lo seguimos cargando a la cuenta de la esquizofrénica deuda). Cada uno compra calles o estaciones, casas u hoteles, con la misma visceralidad con que se dice sí o no ante actuaciones o partidas presupuestarias, sin más análisis que el del mantra del TOC TOC de cada uno.

Nadie se cuestiona nada: ni los personajes sobre las tablas creen poder salir de su cárcel de conducta, ni los personajes sobre los escaños tienen libertad ni capacidad suficiente para sorprenderse a sí mismos, en lo que pudiera ser un alarde de arrojo, más allá de sus corralitos identitarios mal entendidos.

No les desvelaré el final de la obra por si Vds. tienen el gusto de verla en Madrid, Buenos Aires o donde les plazca; pero sí puedo decirles, sin estropear nada, que sólo cuando el infinito egoísmo, la idolatría por lo propio, pasa al segundo plano (aunque sea por unos instantes) para estar atentos a si otro de los trastornados puede luchar contra su obsesión compulsiva; sólo en ese momento, hay un chispazo de luz que enciende la posibilidad de superar la compulsión obsesiva propia.

Parece ser apenas nada, pero es una elocuencia suficiente para contemplar la fuerza del mal del egoísmo en los personajes, y del partidismo en los políticos. No se sale de la espiral del TOC porque no se interactúa con los demás, no se ama ni se deja uno amar. Todo continúa siendo suma cero porque se teme al TOC TOC del otro sobre uno mismo, sin atisbar el miedo que producimos con nuestro propio TOC TOC

Sería una mínima esperanza en la perversa condición humana aplicada en nuestra política. Porque los que miramos desde fuera esa sala de espera de la consulta de un psiquiatra que parecen las Cortes de Aragón, la ciudadanía, tenemos cada vez más claro que si no aparece pronto el doctor acabaremos poniendo barrotes en sus ventanas; como metáfora del aislamiento e irreverencia que les profesamos; y dándoles la espalda aunque sigan malgastando nuestro dinero, y no precisamente del monopoly.

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