UNA PARADOJA DEL LIDERAZGO POLÍTICO

De todas las formas de entender el liderazgo considero que la más acertada es la que define al líder como el gran artífice de los objetivos de un grupo humano, logrados de tal manera que los componentes del grupo humano piensen y sientan que los objetivos se han conseguido gracias a ellos.

La visión de este tipo de liderazgo es muy reconocida y valorada en el mundo de la empresa porque tiene evidentes ventajas adicionales al simple logro de los objetivos, relativas al orgullo de los profesionales por haberlo conseguido.

En el plano político, si el presidente del Gobierno de Aragón, o el presidente del Gobierno de España, ejercieran con éxito este tipo de liderazgo (sí, ya sé que lo ven imposible, pero intenten imaginarlo por favor…), se daría una paradoja a la que quiero referirme.

“En el mejor de los casos, llegarían a considerar a su presidente como un no-estorbo pero nunca como el verdadero artífice de los objetivos.”

Los ciudadanos pensarían y sentirían que el logro es gracias a ellos, a su trabajo y esfuerzo, a sus capacidades y talentos; tanto a los propios como a los del conjunto de sus conciudadanos. En el mejor de los casos, llegarían a considerar a su presidente como un no-estorbo pero nunca como el verdadero artífice de los objetivos.

En una empresa esta circunstancia no es un problema para el líder porque el reconocimiento por su labor de liderazgo llegará por parte del consejo de administración o de la alta dirección de la compañía, en forma de ratificación en el cargo máximo, o de ascenso en jerarquía o retribución.

Pero un país se parece poco a una empresa, en el mejor de los casos podría llegar a parecerse a una empresa cooperativa en la que todos somos socios. Y si los que eligen al presidente, votando en las urnas, no le consideran verdadero artífice de los éxitos es muy probable que no le vuelvan a votar.

Esta paradoja provoca, bajo mi punto de vista, una situación de enorme perversión en el ejercicio del gobierno político: no hay que ser líder sino protagonista. Algunas derivadas de la necesidad de protagonismo frente a liderazgo son que no hace falta que las cosas vayan bien sino que lo parezca; no hace falta lograr los objetivos verdaderos sino llamar objetivos al punto alcanzado, sea el que sea; no hace falta reconocer que los logros (y las desgracias) los traemos entre todos sino atribuirse el propio gobernante la paternidad (paternidad y maternidad para los talibanes del género) de cualquiera de las razones de orgullo y satisfacción de la población con su país.

La consecuencia que esta paradoja trae consigo es que los políticos con cargo institucional sólo se preocupan de ser líderes en su partido, en vez de pretender ser líderes de la sociedad que gobiernan. De lo que se deriva parte del gran problema de la sociedad aragonesa en particular, y española en general, y que se llama maldita partitocracia.

“nuestras vidas son nuestras, y (…) somos los máximos responsables no sólo de vivirlas sino de conducirlas y liderarlas”

Mientras los ciudadanos no entendamos que nuestras vidas son nuestras, y que somos los máximos responsables no sólo de vivirlas sino de conducirlas y liderarlas; mientras no nos despojemos del auto-yugo de esperar lo que no se nos va a dar porque es imposible por incompatible con los objetivos del supuesto dador; mientras eso no ocurra seguiremos buscando en platós o informativos de televisión, en periódicos de papel o digitales, en la derecha o la izquierda o el supuesto centro recambios para nuestra ensoñacion de llegar a entronar al líder político imposible.

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