LA VIVIENDA COMO TERMÓMETRO DE LA CRISIS

Bien es sabido que la inversión más importante que suelen realizar las familias a lo largo de su vida no es otra que la de la adquisición de su propia vivienda.

Recientemente hemos conocido los datos del mercado inmobiliario en España que tienen su correlato en nuestra comunidad.

Después de la archiconocida caída en picado de años precedentes, los precios tanto de la vivienda usada como nueva no han dejado de crecer desde comienzos del 2013.

El enorme parque de viviendas que quedaron construidas pero sin vender va disminuyendo año tras año.

Crece la demanda pero sobre todo la demanda extranjera. En 2009 apenas una de cada veinte viviendas era adquirida por foráneos. Esa cifra se ha triplicado en los últimos trimestres.

Esta intensificación de la compra de vivienda también puede verse como es lógico en la concesión de créditos hipotecarios que se incrementa a ritmos del 30% aunque, eso sí, por importes significativamente menores a los de antes de la crisis, claro.

Un dato al que no se le presta excesiva atención es el de la evolución del mercado del suelo residencial. Este mercado también se está recuperando y es indicador de que la construcción de obra nueva puede dar un empujón en breves. Lo comprobaremos con los datos de licitaciones de obras. Al tiempo.

Y, ¿cómo interpretamos estos datos?

¿Nos indican una recuperación “de fondo” de la economía?

¿Puede ser el comienzo de una nueva burbuja inmobiliaria?

¿De nuevo la recuperación se basa en el ladrillo? ¿No hemos aprendido la lección?

Lo que parece claro es que estos datos nos muestran que cada vez hay más familias que adquieren viviendas y que ello nos indica cierta confianza, cierto futuro estable, mejora de las economías de muchos trabajadores y empresarios y, en definitiva, un horizonte en el que no todo tienen por qué ser nubarrones de pesimismo.

Si esta tímida recuperación se consolida y mejoran de las condiciones de vida de más familias, bienvenida sea.

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